domingo, 22 de abril de 2007

Comentarios light para una semana de puente (1% de contenido graso)

ADVERTENCIA: cero colesterol
NIVEL DE ACIDEZ: ligerito pero con nombres explícitos de marcas

Ayer tuve un antojito y me comí un Kit Kat a mediodía. Estoy en régimen para no rebasar mi peso promedio pero, siempre que no se vuelva costumbre, trato de permitirme un dulcito de vez en cuando.

Quise saber cuantas calorías y grasas había consumido. ¡Sorpresa! Mi envoltura de Kit Kat no tenía información nutricional, así que me quedé con la duda.

Me fijé en más productos de diversas marcas y la mayoría de los que tienen información nutricional son dietéticos. Parece que los comestibles estándar no se enorgullecen de las calorías que nos aportan.

Colocar la información nutricional en los productos alimenticios no debería ser una opción, sino un deber. En Venezuela hay miles de personas obesas, diabéticas, hipertensas, alérgicas... miles de consumidores que necesitan controlar lo que comen y no pueden hacerlo. Miles de personas cuyo derecho a la salud es violado sólo porque no existe una legislación que obligue a los fabricantes de alimentos a hacer lo que deben.

La estética también es una buena razón para vigilar los valores nutricionales de las comidas. Pero ya que eso sólo le interesa a aquel que pueda sacar dinero de ello, me remito a aquellas personas cuya integridad física depende de la atención a esta información, de la cual lamentablemente no disponen.

¿Se repetirá la misma historia? Recuerden que cada vez que existe un descontrol respecto a un aspecto no regulado, los gobiernos se toman carta blanca para restringirlo con una ley. Si quieren evitarse la ley, mírense y corríjanse antes de que lo note el gobierno.

viernes, 13 de abril de 2007

No pague su milagro, inviértalo y multiplíquelo...

En la religión católica es costumbre que, cuando un creyente pide un milagro, hace una promesa al santo al que le extiende la oración. Cuando el milagro se da, la persona cumple la promesa en agradecimiento.

Una de las formas más comunes en las que la feligresía agradece los favores recibidos se relaciona con el sacrificio personal. Durante la pasada semana santa vi por televisión a una mujer que fue arrodillada desde El Valle hasta la iglesia de Santa Teresa vestida de Nazareno y con una cruz a cuestas para pagar un milagro. Estas prácticas son más comunes de lo que se piensa.

Conversaba con un amigo cercano sobre estos sacrificios. Si bien es cierto que el hecho de que Cristo haya sido humano nos demuestra que cualquiera de nosotros es capaz de soportar su sufrimiento; por otro lado nos encontramos la frase "tu cuerpo es tu templo" y recordamos que, según los preceptos católicos, se nos otorga el cuerpo como morada del alma para permitirnos el privilegio de la vida. Aunque el cuerpo no es lo más importante, estamos en obligación de cuidarlo, por ser regalo divino.

Con esto quiero decir que el sacrificio debe tener un fin, un buen fin. Especialmente si es ofrenda al Ser Supremo. Este tipo de manifestaciones en las que la gente se autoflagela no tienen ningún fin pragmático, no benefician a nadie. Ni siquiera a Dios.

Por eso le decía a mi amigo que las personas que quieren agradecer los milagros obtenidos deberían hacerlo participando en obras de labor social, en buenas causas que beneficien a otros que no han tenido suerte, que tienen carencias. Eso beneficia a los demás y beneficia a Dios, porque se le está haciendo un bien a sus hijos.

Esa es la forma en la que considero que se puede "invertir" un milagro. Aquellos bendecidos con ese favor divino invierten y multiplican su milagro cuando agradecen a Dios ayudando a dar techo a niños de la calle, por ejemplo. Así ellos también obtendrán un milagro, concedido a través de la obra de esta persona.

viernes, 6 de abril de 2007

La premisa: Relativismo social, sí. Relativismo moral, jamás

Durante el siglo antepasado e incluso a principios del pasado era muy normal que un hombre de unos treinta o cuarenta años se casara con una adolescente. Hoy en día, una relación entre una persona adulta y una menor de edad tiene pena de cárcel en algunos países del mundo por considerarse abuso de menores.

Estos son cambios de patrones sociales. Como este ejemplo hay miles. Sin embargo, hay otro tipo de costumbres que, aunque en algunas sociedades tengan justificación, no pueden pasarse por alto.

Estoy de acuerdo con las perforaciones que se realizan tribus americanas y africanas como ornamento. De hecho, los piercings no son más que una versión moderna de esa costumbre, y nadie hace ya escándalo al respecto. Sin embargo, existe una costumbre practicada en algunas poblaciones de África y los países árabes: la infibulación.

La infibulación es una mutilación rudimentaria a los genitales externos femeninos a muy temprana edad. Por lo general se practica por una curandera que utiliza piedras afiladas para realizar los cortes.

Dentro de estas culturas la infibulación es muy normal pues se considera que los genitales femeninos son impuros, desagradables. He aquí las razones por las que la infibulación es una barbaridad aunque su cultura de origen lo encuentre justo:

En primer lugar se está realizando una mutilación del cuerpo humano que además es antihigiénica. Muchos alegarán que un gran porcentaje de las personas que se realizan piercings y demás perforaciones no cuentan con las medidas higiénicas mínimas para realizar este procedimiento. Por ello, la razón más importante para considerar a la infibulación una barbaridad es que ésta es un acto involuntario.

Imagínate como una niña africana de cinco años que se acuesta a dormir una noche de su corta vida, emocionada porque su mamá le dijo que un momento muy especial de su vida estaba por llegar. En plena madrugada la despiertan sin razón y la internan en la selva. Allí se encuentra una mujer mayor con piedras y una fogata. La madre le separa la ropa a la niña y la deja con las piernas abiertas ante la señora. Ésta, sin ningún tipo de anestésico toma una piedra afilada y caliente y le corta el clítoris, los labios mayores y menores y la cose hasta dejarle sólo un pequeño orificio por el que su futuro esposo la pueda penetrar.

Después de esto pueden pasar sólo dos cosas: que la niña se recupere dolorosamente o que se muera de una infección, cosa que es muy común en estos casos.

Estos ejemplos intentan explicar nuestra frase bandera. El relativismo social admite cosas como que en un país las parejas casaderas tengan 20 años de diferencia y en otros sean contemporáneos; que en un país la vaca sea sagrada y en otro no; que en un continente no se coma cerdo y en los demás sea costumbre hacerlo. Más allá de eso, el relativismo moral es el que permite costumbres que violan los derechos humanos esenciales, especialmente el más importante de todos: el derecho a elegir.

Elegir desde lo más tonto hasta lo más trascendente de nuestras vidas. Elegir lo que comemos o bebemos, a que hora salimos de casa, a que hora llegamos. Elegir el color de la ropa, si sacamos el carro de la casa, si tenemos siquiera un carro. Elegir la educación que queremos recibir, elegir nuestro culto religioso. Elegir incluso si vivimos o no.

Ya que tenemos derecho a elegir, a vivir, a recibir amor, respeto, educación, comida, techo y muchas cosas más, también tenemos derecho a forjar un estilo de vida con el que nos podamos sentir mejor y desarrollarnos como personas. Para eso estamos.



miércoles, 4 de abril de 2007

Notas sobre la ley seca (Con lo mío, mío no se metan)

ADVERTENCIA: nivel de acidez ALTO
NOTA: por si se lo preguntaban, yo no tengo carro.

Citado de un comment que dejé en el MySpace del pana Rafael Pannacci:
"Los accidentes no se reducen con ley seca sino con verdadera educación. Después de que por siglos, desde la época de Cipriano Castro, se han comprado votos con carne y caña, no se puede pretender que la gente no se rasque como piojo y se estrelle en su carrito del 72"

Continúo con terminología coloquial: después de años de comprar votos con caña, de llevar a la gente a las concentraciones dándole caña, de ganar la indulgencia ajena con caña... creo que es ingenuo pensar que la población tarde o temprano no va a parar actuando como animal domesticado al que se le puede poner a hacer gracias por caña.

"¿Haces lo que sea por una light?" Esta frase no se reduce sólo a una de las peores campañas publicitarias de la cortísima historia venezolana. Es simplemente algo extraído de la vida misma. Sin embargo, fracasa como campaña porque a la gente que asume ese rol le es difícil internalizar su carácter de chimpancé que hace gracias para que le lancen "una birrita ahí"

Entonces, a alguien se le ocurre que, ya que no podemos evitar que la gente beba porque se le ha acostumbrado a ello por los siglos de los siglos, vamos a restringir la venta de bebidas durante las vacaciones. En pocas palabras, un decreto...

Ahora, ¿acaso la gente necesita vacaciones para beber y chocar su perolito rodante?

Si todos los viernes después del trabajo la gente sale a beber, todos los cumpleaños del "amigo del amigo de mi amigo", los días de fiesta nacional (aunque la gente no sepa ni qué se está celebrando), los días de aumento de sueldo, los días de puente, los fines de semana, las tarde-noches de mucho tráfico "mientras baja la cola", los días de evento social indefinido, en los lanzamientos de productos, en el miss venezuela, en el miss cuchú, en los bautizos, las primeras comuniones, los matrimonios, LOS VELORIOS, los divorcios, las despedidas de soltero, las bienvenidas a la soltería, cuando terminamos un largo proyecto, remodelamos la casa, nos mudamos, vendemos de nuevo la casa...

¿Acaso esto no pasa todos los días? ¿Y no bebemos en todas estas ocasiones? Entonces, si lo lógico para evitar accidentes por conducir ebrios en semana santa es la ley seca, sería apenas lógico pensar que, para erradicar este tipo de accidentes no deberían vender licor nunca, porque si no, nos convertiremos en alcohólicos.

Los gobiernos de los países deciden que productos se venden, que programación se transmite, como deben ser las cuñas, que productos se pueden publicitar en que medios, que carros pueden transitar por las calles, HASTA QUE HORA PUEDES TRANSITAR POR LAS CALLES... y pare de contar. Y no es sólo acá, pero tenemos a nuestro alrededor buenos ejemplos...

Así que, mientras más pasa el tiempo, menos se apuesta al autocontrol.

Ahora, todo lo mío lo controla otro.

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