viernes, 6 de abril de 2007

La premisa: Relativismo social, sí. Relativismo moral, jamás

Durante el siglo antepasado e incluso a principios del pasado era muy normal que un hombre de unos treinta o cuarenta años se casara con una adolescente. Hoy en día, una relación entre una persona adulta y una menor de edad tiene pena de cárcel en algunos países del mundo por considerarse abuso de menores.

Estos son cambios de patrones sociales. Como este ejemplo hay miles. Sin embargo, hay otro tipo de costumbres que, aunque en algunas sociedades tengan justificación, no pueden pasarse por alto.

Estoy de acuerdo con las perforaciones que se realizan tribus americanas y africanas como ornamento. De hecho, los piercings no son más que una versión moderna de esa costumbre, y nadie hace ya escándalo al respecto. Sin embargo, existe una costumbre practicada en algunas poblaciones de África y los países árabes: la infibulación.

La infibulación es una mutilación rudimentaria a los genitales externos femeninos a muy temprana edad. Por lo general se practica por una curandera que utiliza piedras afiladas para realizar los cortes.

Dentro de estas culturas la infibulación es muy normal pues se considera que los genitales femeninos son impuros, desagradables. He aquí las razones por las que la infibulación es una barbaridad aunque su cultura de origen lo encuentre justo:

En primer lugar se está realizando una mutilación del cuerpo humano que además es antihigiénica. Muchos alegarán que un gran porcentaje de las personas que se realizan piercings y demás perforaciones no cuentan con las medidas higiénicas mínimas para realizar este procedimiento. Por ello, la razón más importante para considerar a la infibulación una barbaridad es que ésta es un acto involuntario.

Imagínate como una niña africana de cinco años que se acuesta a dormir una noche de su corta vida, emocionada porque su mamá le dijo que un momento muy especial de su vida estaba por llegar. En plena madrugada la despiertan sin razón y la internan en la selva. Allí se encuentra una mujer mayor con piedras y una fogata. La madre le separa la ropa a la niña y la deja con las piernas abiertas ante la señora. Ésta, sin ningún tipo de anestésico toma una piedra afilada y caliente y le corta el clítoris, los labios mayores y menores y la cose hasta dejarle sólo un pequeño orificio por el que su futuro esposo la pueda penetrar.

Después de esto pueden pasar sólo dos cosas: que la niña se recupere dolorosamente o que se muera de una infección, cosa que es muy común en estos casos.

Estos ejemplos intentan explicar nuestra frase bandera. El relativismo social admite cosas como que en un país las parejas casaderas tengan 20 años de diferencia y en otros sean contemporáneos; que en un país la vaca sea sagrada y en otro no; que en un continente no se coma cerdo y en los demás sea costumbre hacerlo. Más allá de eso, el relativismo moral es el que permite costumbres que violan los derechos humanos esenciales, especialmente el más importante de todos: el derecho a elegir.

Elegir desde lo más tonto hasta lo más trascendente de nuestras vidas. Elegir lo que comemos o bebemos, a que hora salimos de casa, a que hora llegamos. Elegir el color de la ropa, si sacamos el carro de la casa, si tenemos siquiera un carro. Elegir la educación que queremos recibir, elegir nuestro culto religioso. Elegir incluso si vivimos o no.

Ya que tenemos derecho a elegir, a vivir, a recibir amor, respeto, educación, comida, techo y muchas cosas más, también tenemos derecho a forjar un estilo de vida con el que nos podamos sentir mejor y desarrollarnos como personas. Para eso estamos.



1 comentario:

Jeanfreddy dijo...

Hola! Saludos, genial tu blog, muy serio y profundo, y además tú eres bellísima, así que la combinación es increíble. Uhmm... este tema me interesa mucho, yo conocía el proceso como ablación del clítoris, pero deben ser sinónimos. Este relativismo que permite tolerancia social pero nunca moral, gracias a la globalización de los derechos humanos, hace inaceptable por ejemplo comportamientos que van en contar del propio ser humano y su integridad. Para tu alegría y la mía, en Etiopia se acaba de declarar una ley que lo hace ilegal. Un beso! y te sigo leyendo.